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Vida
del cementerio de Torrero.
Precisamente
este último punto sobre la titularidad del terreno no
es más que uno más entre los habituales
problemas que suelen surgir a veces en estos casos. Al
parecer las Parroquias se llegaron a pelear contra el
Ayuntamiento por la libertad de actuación en cada
terreno ocupado por dichas feligresías. Queda
constancia en actas oficiales de las polémicas que se
suscitaban en las sesiones municipales sobre este tema.
Durante años hubo auténticas rencillas con las
parroquias y la administración. El cementerio era al
principio un mosaico de territorios privados. Hasta que las
discrepancias se zanjaron con una ley que venía ya de
hace tiempo. A partir de 1837 los cementerios pasaban a ser
cargo de las Corporaciones Municipales, eso sí, dando
un margen a las mismas parroquias. Una forma de contentar a
todas las partes. No obstante años más tarde,
en 1868 (en virtud de una Real Orden de 1866), el
Ayuntamiento, independientemente de las parroquias, era ya
el responsable absoluto del cementerio.
Otros no salieron tan contentos de esta empresa mortuoria.
El contratista de la obra fue multado y expedientado por
irregularidades. De hecho su caso fue pasado al Juzgado de
Primera Instancia.
Había discusiones con los precios de los servicios y al parecer
los nichos estaban no muy bien construidos pues en 1840 aparecía
todo ya tan deteriorado que de nuevo Yarza y Gironza (los dos arquitectos
municipales) tuvieron que evaluar el tema. Las reparaciones se hicieron
inevitables en años posteriores. Otro factor inevitable, la capacidad
del Campo Santo para albergar fallecidos. Llega un momento en que no
caben. Así el cementerio de Torrero ha tenido hasta cuatro ampliaciones
oficiales. Al principio se buscaron emplazamientos alternativos pero
finalmente todas fueron adyacentes al emplazamiento original (ver
plano). De esta manera la primera manzana de nichos se formó
en 1866. Pero el espacio apremia y se amplia el cementerio en 1885,
luego en 1895 se amplía de nuevo. Aunque hay que decir que las
grandes ampliaciones de terreno del cementerio son más bien del
siglo XX. En 1911 se vuelve a ampliar territorialmente y en los años
treinta ya se perfilaba otra ampliación que quedó hecha
de facto a comienzos de los años 40 (periodo de guerra en el
que el funcionamiento del cementerio no era el habitual lógicamente).
Y es que parece ley de vida si el futuro no lo cambia. Puede descender
la natalidad pero la mortandad nunca cesa. Justo el año de la
inauguración se produce en Zaragoza una epidemia de cólera
que se salda nada menos que con 1298 muertos. Luego aparecen nuevos
enterrados que son los no practicantes de la religión católica.
Y lógicamente hay que sumar momentos convulsivos como la Guerra
Civil española (1936-1939). Oficialmente se produjeron
en estos tiempos de guerra unas 9.000 inhumaciones en el cementerio
de Torrero. Propició además que se creasen emplazamientos
para combatientes italianos y musulmanes participantes en la contienda.
Los republicanos capturados eran generalmente fusilados junto a las
tapias del cementerio. Así se crearon fosas comunes próximas
a ellas con el fin de convertirse en la morada de los ejecutados. Hay
que decir que en los años setenta fueron exhumados los restos
para darles un enterramiento digno. En 1980 se erigía un monumento
en homenaje a todas estas víctimas
y demás fallecidos, situado en la mitad aproximadamente de la
ampliación adyacente al cementerio antiguo y con entrada junto
al mismo recinto primigenio.
Ciertamente
la guerra civil aumentó sobremanera los fallecidos con respecto
a la tónica habitual. Lo normal es que cada año hubiese
en el cementerio de unas 2.400 a 3.400 inhumaciones en líneas
generales, con casos como los de 1975 en que se llegaba hasta los 4.082
enterrados. Mientras, la población de Zaragoza en el siglo XX
se mantiene más o menos estable sin llegar a ser una gran metrópoli,
lo que equivale a que no haya grandes fluctuaciones de fallecidos (salvo
hechos puntuales como accidentes por ejemplo). Esto, traducido en otras
palabras supone que siempre se tiene carencia de espacio. Eso sí,
vino a cambiar los modos de enterramiento la incineración voluntaria.
Es en 1974 cuando aparece ya una ley-reglamento en cuyo artículo
53 sobre Política Sanitaria en los Cementerios ordena que se
coloquen crematorios en localidades de más de 500.000 habitantes.
Pero eso es ya una opción personal de cada cual. La falta de
espacio es una constante. Tal es así que incluso en 1980 se prohibieron
las tumbas simples de permanencia temporal por considerar que ocupaban
mucho espacio. Y es relativamente normal en nuestra sociedad que a falta
de suelo se crezca hacia arriba. Correcto es llamar hoy más que
nunca al cementerio -Ciudad de los Muertos- viendo las calles construidas
con manzanas enteras de nichos cual vecinos de piso se tratase.
Efectivamente las modernas ampliaciones han ido encaminadas
a manzanas de nichos, zonas verdes para enterramientos
mínimos (cenizas...) y bloques generales de
columbarios. Se han creado grandes paseos para el andar de
los visitantes, fuentes de agua colocadas
estratégicamente y una cafetería
pública. Curioso elemento que hasta hace poco no
existía pues fue inaugurado el 1 de febrero de 1989,
dentro de las instalaciones del complejo funerario moderno.
Complejo surgido a partir de la ley de 1974 antes citada y
que provocó que se construyese, tras concurso, todo
un recinto que incluía lo que hoy es; tanatorio,
capillas (una iglesia para 300 personas), columbario para
restos, cámara frigorífica, congelador,
velatorios... Choca ver efectivamente el recinto antiguo y
primigenio proyectado por Fernando de Yarza comparado con el
moderno asentamiento que realizó Elvira Adiego para
las ampliaciones más modernas en los años
ochenta y noventa. Las ampliaciones del cementerio son
siempre fruto de la necesidad. Frente a un abigarrado
recinto antiguo, poco a poco se ha ido haciendo un orden
mortuorio que facilite los accesos, que tenga una
distribución agradable y que dé paso a un
diseño como el realizado por la arquitecta Elvira
Adiego. Atrás quedan las distribuciones de Ricardo
Magdalena para los nichos y las ampliaciones que de poco en
poco se venían haciendo en la segunda mitad del siglo
XIX.
      
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