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Aparición del cementerio de Torrero. A pesar de todo, el debate seguía abierto. Eran no pocas las órdenes reales que se daban para habilitar cementerios, pero siempre había reticencias que impedían se cumpliese en la totalidad. Y esto era aplicable a todo el país. Aún con la obligatoriedad de la Junta Suprema del Reino, ya desde 1809, para construir cementerios exteriores, en 1857 aún había en España 2655 pueblos que no tenían cementerio. En el fondo, en la misma Zaragoza, hasta la aparición del cementerio de Torrero, no cesaban las discusiones gubernamentales para habilitar hospitales y conventos para enterrar a los difuntos. Finalmente la necesidad cada vez más perentoria y la amenaza de una peste que al parecer llegaba de las lejanas tierras del Ganjes hizo que se pusiese manos a la obra para un nuevo cementerio. Dos arquitectos van a la cabeza de los estudios, Fernando de Yarza y Joaquín Gironza. El lugar indicado, el Monte Torrero, llamado así por la familia a la que pertenecía. Se diseñó el cementerio de forma rectangular, con las puertas mirando a la ciudad. Se construyó inclusive un camino hasta él mismo desde el Puente de América. Como toda construcción gubernativa que se precie, tuvo sus más y sus menos por cuestiones de dinero. De hecho en el verano de 1833 la obra se interrumpió por falta de materiales. Las obras fueron llevadas a cabo por Calixto Sangrós en contrata cedida por Bernardo Nobella. Éste adquirió las obras por subasta al precio de 52.000 reales de vellón. Pero en cuestiones de dinero entraban en juego muchos factores. Si bien el Ayuntamiento corría con ciertos gastos, el suelo había que distribuirlo en función de las necesidades, de las necesidades de las Parroquias que eran las que mejor controlaban las carencias funerarias. Y así se hizo. El Ayuntamiento pagó el camino, las zanjas y los cimientos que había que hacer. Dentro del terreno mortuorio propiamente dicho se reservaron desde un principio un terreno para el Cabildo y otro para Comunidades religiosas. El resto se repartió entre las necesidades de cada parroquia. Eso sí, cada una costeándose su parte correspondiente. O por lo menos en teoría pues aquí se dio un hecho curioso. Absolutamente todas las Parroquias que cogieron terreno menos una se declararon sin fondos para costearlos. La única que comenzó a pagar por sí misma fue la parroquia de San Pablo, que a la sazón era la que más terreno adquirió, 5880 varas. Huelga decir que se repartían los terrenos según los fallecidos que cada parroquia podía tener. A título comparativo hay que decir que no todo el suelo tenía el mismo precio. El precio modelo para cada vara era de 3 reales de vellón. Los conventos pagaban 5 reales y las parroquias de economía muy débil pagaban 2 reales de vellón. Finalmente
el Cementerio de Torrero fue bendecido solemnemente el
domingo 15 de junio de 1834 por el Arzobispo Don Bernardo
Francés Caballero. La inauguración a efectos
se produjo el 5 de julio de ese año. Cabe decir que
la primera fenecida ingresada en el Campo Santo fue
Doña Manuela Moreno Abendaña. Años
más tarde, el 6 de noviembre de 1895, se le
concedió poseer el nicho a perpetuidad por tal
motivo. El gran lapso de tiempo que existe entre ambas
fechas (la del entierro y su concesión eterna) se
debe a la propiedad del suelo del cementerio. Recordemos que
al principio las parroquias eran titulares de sus zonas
adquiridas pero más tarde el cementerio sería
en su totalidad municipal. |
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