La casa de los muertos.

Toda la vida nos preocupamos de tener un lugar donde vivir cómoda y dignamente. Es el hogar donde pasamos la mayor parte de nuestra vida. Sin embargo sabemos que con todo el esmero que pongamos a nuestro antojo terminaremos por abandonar nuestra casa para dar con la muerte cara a cara. Es entonces cuando cambiamos de morada definitivamente. Y lo curioso es que los que tienen que cuidar de nuestro lecho son los vivos. Y precisamente esa labor es una de las preocupaciones más antiguas y lógicas de la Humanidad. Desde que el hombre tuvo raciocinio, desde que pensó en una vida ultraterrena, desde que se dio cuenta en definitiva de que sólo estamos de paso, se ha pensado siempre en el lugar donde vamos a soñar eternamente. Para la fe humana uno de sus deseos siempre ha sido vivir cerca de Dios. La casa de Dios, la iglesia, cristiana católica en nuestro caso, era hasta principios del siglo XIX el lugar donde las personas eran enterradas según su feligresía correspondiente o su fe. Ya desde los tiempos medievales cada iglesia enterraba a sus parroquianos cerca de dios y de su santo querido. Desde reyes, hombres de Iglesia y otros elegidos hasta la posibilidad, dada por el uso y los tiempos, de que todo el mundo se enterrase en su iglesia no había problema alguno y los templos eran la última morada de casi todas las personas. Sin embargo no siempre ha habido consenso a la hora de decidir el lugar de un campo santo. En algunas ocasiones se dictaminaba efectivamente colocar a los difuntos fuera de los núcleos urbanos. Debate este muy antiguo. Tenemos hasta Concilios que procedían sobre este tema, como el de Braga en el año 561, que efectivamente establecía los camposantos fuera de los recintos de la ciudad. Entonces, ¿cuál era el punto de discusión? La salud, la higiene que había que mantener y de la que los fenecidos ya no eran responsables. Tema en absoluto baladí, pues en ocasiones los cementerios se convertían en aliados naturales de las pestes y epidemias que de vez en cuando diezmaban a las poblaciones. Éstas se convirtieron en la necesaria excusa para enterrar a los difuntos fuera de las urbes. Y así se hizo. El debate dispuesto desde hacía tiempo terminó definitivamente en 1804. El 28 de junio de ese año, el ministro a la sazón Godoy promovió una Circular, de las varias que anteriormente se promulgaron, dictaminando la prohibición de enterrar en las iglesias y situando definitivamente los cementerios fuera de las ciudades. Hasta esa fecha se sucedían los periodos entre los partidarios de sacar los cementerios fuera y los que se negaban. Algunos reyes aplicaban sus higiénicas intenciones pero luego se veían cambiadas. Nunca nadie estaba contento, desde la Iglesia que tachaba a personas como Godoy de antirreligiosas hasta la burguesía misma que no veía con buenos ojos que el cementerio igualase en muerte a los que en vida eran de distinta clase.

En Zaragoza las intenciones de buscar espacio fúnebre ya se iban viendo en 1789 cuando se requería por medio de las llamadas Juntas de la Sitiada un nuevo emplazamiento habida cuenta de lo que dictaminaban las mencionadas Reales Cédulas que se pronunciaban sobre el tema: "Constándonos que en esta Real Casa no se ha dado todavía cumplimiento a la última Real Cédula, en que manda que todos aquellos cadáveres que no tuvieran sepultura propia dentro de la Iglesia se entierren en los cementerios, y siendo por otra parte, esta misma Casa la que debe dar ejemplo en la puntual observancia y cumplimiento de las órdenes Reales por estar bajo la inmediata protección de S. M., no pudiéndose alegar como en otras parroquias la falta de cementerio, por tener uno dentro de la casa y otro fuera de los muros de la ciudad, mandamos por tanto que dicha Real Cédula se ponga desde luego en execución no permitiéndose enterrar en la Iglesia sino aquellos cadáveres de los que se haga constar que tienen sepultura propia, y por cuanto de no permitir en la iglesia se ha de seguir mayor multitud de entierros en fosas. Don Manuel de Lorieri, tesorero, regidor y visitador General, por mandato del Sr. Visitador General, Enrique Povet Norio".

En aquella época uno de los campos santos principales era el del General Hospital de Nuestra Señora de Gracia, además de iglesias y conventos con zonas para sus enterramientos. La urgencia del texto citado, dirigido directamente a la Iglesia de este Hospital, propició que además de los fallecidos en Nuestra Señora de Gracia, se enterrasen también en ese lugar los cadáveres de la Capilla de San Cosme y San Damián. Pero no contaban entonces que la desgracia se cerniría más adelante sobre el citado Hospital con la guerra de la Independencia española (1808-1814). Los Sitios de Zaragoza cobraron un alto precio a este emplazamiento. Otro de los efectos de voces como esta que apremiaban por un cementerio, fue el colocar de una vez por todas a las entidades competentes en camino directo para solucionar el tema definitivamente. De esta manera la antes citada Sitiada comenzó a tomar medidas en el asunto. Hacían falta nuevos espacios para enterrar a los difuntos. El Marqués de Ayerbe fue el encomendado para la búsqueda de un nuevo lugar destinado a campo santo. Dos opciones aparecieron, una en la zona de las Tenerías y un terreno situado en el camino de la Cartuja Baja, ofrecido por el mismísimo Ramón Pignatelli. De nuevo surgió un debate para decidirse. Y de este debate apareció un no menos emblemático cementerio de Zaragoza, el de la Cartuja, situado en la carretera de Castellón, a escasos kilómetros de la ciudad del Ebro. El 29 de enero de 1791 se inauguró dicho cementerio.