Tumba de Trinidad SIERRA

Cuadro 77. (B-32)

En un mar pétreo y metálico aparece esta isla de verdor. Una cruz de madera suscribe el nombre de la persona que descansa eternamente. Por una vez reconocemos la grandeza de la sencillez. Es esa sencillez la que permite que un manto de enredaderas cubra el sueño de esta mujer. El mármol sólo deja grietas para delgadas hierbas. No hay letras en metal, no hay placas ni esculturas. Las otras tumbas la miran con extrañeza, pero en el fondo la admiran. Es esta tumba la obra del mejor artista, la Naturaleza. Todos lo que por allí pasan lo ven. Y más que nunca cuando llueve, el cementerio lo agradece y se demuestra que entre tanto muerto, por fuerza, tienen que haber vida. Y es que por la noche, los ángeles nacidos de Lasuén, Gussoni y tantos otros, juegan con las almas para divertirse bajo la luna. Y siempre, cuando amanece, hay algún querubín despistado que se queda dormido sobre el follaje de esta tumba. Por algo será cuando de día, los habitantes de la Ciudad de los Muertos no dicen nada y mantienen su secreto.






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